Cada mañana cuando el sol se asoma, desde lo alto del vispán hasta donde alcanza la vista, se ven los árboles llenos de frutos maduros.
En las madrugadas llegan gotitas de rocío, agua pura y trasparente que brillan en las hojas largas de los maduros maizales y alfalfares.
Campiña mía, fuiste cuna humilde de mis padres y abuelos, yo también nací en tu suelo, arrullados por el canto sublime de las cuculíes y del arrollo.
Contaban mis abuelos, que habían noches tenebrosas, en noche de luna nueva, por el recodo del camino se escuchaban lamentos y suspiros de almas condenadas que helaban la sangre.
Campiña mía, aquí en el silencio poético, nacen mis versos floridos a vidas campesinas: Irene Salvador Grados de Lino, Manuela Diaz Chaflojo, Filiberto Cherrepano Chaquilano, Seferino Ramirez Conde, Cayetano Romero Chinga, Ernesto Villanueva Maturrano, Manuel Lino Morales, Anselmo Mendoza y Juanita Grados La Rosa.
Ellos dejaron sus chacras, sus casas, sus hijos, y salieron por las calles de Huacho en defensa de las ocho horas laborales, cayeron abatidos por balas asesinas, dejando sangre derramada por viejas calles empedradas.
Hoy reposan algunos de ellos sin el mármol blanco, sin el epitafio que se les recuerde. El laurel, la gloria y el honor a su coraje, a su valentía. Gloria a ellos que dieron sus vidas por las ocho horas para los trabajadores.
Campiña mía, por muy lejos que yo vaya, siempre serás la campiña, mí campiña, el suelo donde yo nací, me llevo tu acento, tu vocablo y jamás te olvidaré,
Dios te bendiga! Campiña mía.






